F. Scott Fitzgerald : “El Gran Gatsby”


Reseña de Mario Vargas Llosa


Al final de su vida, en un texto autobiográfico, Scott Fitzgerald escribió de su personaje Jay Gatsby: “Es lo que siempre fui: un joven pobre en una ciudad rica, un joven pobre en una escuela de ricos, un muchacho pobre en un club de estudiantes ricos, en Princeton. Nunca pude perdonarles a los ricos el ser ricos, lo que ha ensombrecido mi vida y todas mis obras. Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví”.


Toda novela es un complejo laberinto de muchas puertas y cualquiera de ellas sirve para entrar en su intimidad. La que nos abre esta confesión del autor de El gran Gatsby da a una historia romántica, de esas que hacían llorar. Un muchacho modesto se enamora de una bella heredera con la que no puede casarse por las insalvables distancias económicas que los separan: fiel a ese amor de juventud, luego de conseguir por medios lícitos lo que parece una fortuna, multiplica las extravagancias y el despilfarro a fin de recuperar a la muchacha de su corazón; cuando parece que va a lograrlo, el destino se interpone para impedirlo, precipitando un oportuno holocausto. Al cabo, el paisaje es el mismo del principio: una sociedad injusta e implacable donde las razones del bolsillo prevalecerán siempre sobre las del corazón. Según Hemingway, Scott Fitzgerald vivió fascinado por los ricos, a quienes creía “distintos” de los demás seres humanos. Pero lo cierto es que, en El gran Gatsby, el mundo de las mujeres y hombres con fortuna no parece distinguirse de manera esencial del de los otros mortales, salvo por detalles cuantitativos: casas más grandes, caballos, autos más modernos, etcétera. De tal manera que si aquello que Hemingway le atribuyó -y tan cruelmente, en la parodia que hizo de él en su relato Las nieves del Kilimanjaro-, vivir obsesionado por la superioridad que confería la riqueza, era cierto, en esta novela al menos, Scott Fitzgerald no lo demostró / A no ser por esta frase de El gran Gatsby: ”Una cosa es segura y nada lo es más: los ricos crían riqueza, y los pobres crían… hijos”.
La novela de Scott Fitzgerald es, también, eso, pero si sólo fuera eso no habría durado más que otras del género “amor imposible con derramamiento de sangre al final”. Hijastro de una larga genealogía literaria, Gatsby es un hombre al que un agente fatídico, inflamando su deseo y su imaginación, pone en entredicho con el mundo real y dispara hacia el sueño. Como al Quijote las novelas de caballerías y a Madame Bovary las historias de amor, a Gatsby son Daisy y su entrevisto mundo de gentes ricas los que le hacen concebir un mundo sustitutorio del real, una realidad de pura fantasía que, luego intentará filtrar en la realidad objetiva, encarnar en la vida. Con el transcurso de la novela vamos descubriendo, antes de llegar a su entraña melodramática y fatalista, que la realidad está hecha de imágenes superpuestas, que se contradicen o matizan unas a otras, de modo que nada en ella parece totalmente cierto ni definitivamente falso, sino dotado de una irremediable ambigüedad. Nadie es lo que parece, por lo menos por mucho tiempo, todo lo es de manera muy provisional y según la perspectiva desde la cual se mire. Esa provisionalidad de la existencia y el relativismo que caracteriza a la moral y a las conductas de sus personajes resulta, acaso, lo más original que tiene esta novela y lo que testimonia mejor sobre la realidad del mundo que la inspiró.



“Y así vamos, adelante, botes que reman contra la corriente, incensantemente arrastrados hacia el pasado” (Ibd. F. Scott Fitzgerald).-







MIRÓ I LA SEVA FILLA PER BALTHUS

  
BALTHUS


JOAN MIRÓ I DOLORS MIRÓ 



JAQUELINE DU PRÉ


GIORGIO DE CHIRICO


INGOLD IN JAIL


  PEDRO ES EL HOMBRE


EL HOMBRE QUE MATÓ A TEDDY BAUTISTA

Yo al principio a quien quería matar era a Ramoncín, pero Elena mi mujer me convenció de que Ramoncín era solo un pringao. La noche anterior yo había soñado que agarraba a Ramoncín por la cresta de su puto disfraz de punki y le obligaba a comer la mierda de mi cuñado Frankie. Bueno, vale, antes debería contar que Frankie es un tío de puta madre, es músico y trabaja en restaurantes, hoteles, verbenas comuniones y cosas así… tiene un órgano, un piano de estos que hacen de todo, quiero decir que te hacen la música con batería y todo mientras tu cantas. Frankie canta de puta madre, en Navidad hizo llorar a la Abu, se trajo todos sus aparatos, bafles, micros y demás y armó una verbena en el patio. El muy hijo de puta puso papelitos de colorines, guirnaldas y flores de papel por todo el patio agarrándolos con celo en las dos ventanas y después de comer, nos hizo salir a todos con muy buen rollo, puso delante a la Abu con la silla de ruedas y le cantó “La vida sigue igual”. La Abu se puso a llorar como una magdalena y Frankie se paró y la abrazó y le dio un beso muy largo en la mejilla, coño yo me emocioné y Elena y Rosita mi cuñada también. Rosita es la mujer de Frankie, bueno de verdad él se llama Francisco Blanco pero todos le llamamos Frankie menos Rosita que le llama Paquito, cosas de novios, Rosita y Paquito. Así es Frankie, muy buen tío, siempre contento, siempre dispuesto a animar a la gente, un muy buen tío de verdad. Vale, digo que había soñado que cogía al puto Ramoncín y le obligaba a comer la mierda de Frankie, unos días antes me había enterado de que la gente esta que recoge la pasta de los que hacen las canciones le pedía un montón a Frankie para poder cantar las canciones que cantaba, Julio Iglesias, Raphael, Camilo Sesto, tíos famosos que de conocerlo seguro que no hubieran pedido nada a Frankie por cantar sus canciones, algunas muy buenas como “La vida sigue igual” pero otras que son una mierda como la del tío que se va con un barco y le llama libertad, esa canción me parece la canción de un gilipollas, pero esos tíos sacapasta son unos perros, no se cuanta le pedían a Frankie, pero era un montón seguro, porque él estaba realmente jodido. Rosita vino llorando a casa y se lo contó a Elena. Elena le puso coca cola en un vaso pero ella estaba tan nerviosa que le dio la tos y la escupió sobre el sofá. Rosita trabajaba en la carnicería de un supermercado pero un mes después de saber que estaba embarazada, habían decidido quitar la carnicería y le habían dicho que no tenían trabajo para ella. Rosita es guapa y llorando es aun más guapa, como Elena, las dos son preciosas. Yo, después de quitar la coca cola con un trapo me quedé en la cocina y oí decir a Rosita que a la gente aquella, la había mandado Ramoncín. Los putos buitres le habían dicho a Frankie que si volvía cantar las canciones sin pagar llamarían a la policía y le meterían en la cárcel. La vida se convirtió en una mierda, Rosita no cobraba casi nada del paro y Frankie estaba todo el día pegado a la tele sin hablar con nadie. Entonces fue cuando soñé con el puto Ramoncín y le conté a Elena que me lo quería cargar. Elena es muy lista ahora quiere sacarse el certificado de ayudante de clínica o algo así, que es como enfermera, pero un poco menos, entonces no limpiará más fuera y dejará de tomar las pastillas. En la gasolinera, todos tienen hijos, bueno Manolo no porque no está casado ni tiene novia. Elena limpia por las mañanas la oficina de un notario y la consulta de un dentista y por las tardes una sucursal del Banco de Santander. No le gusta mucho pero lo hace muy bien, el dentista la recomendó al notario porque son primos. Elena le pidió a una chica del notario que llega muy pronto por las mañanas que le buscase en Internet eso de Ramoncín y fue cuando me dijo que Ramoncín era un pringao que no mandaba una mierda que el jefe de todo era un tal Eduardo Batista a quien todos llamaban Teddy. Elena me contó que el tío estaba casado con una yonqui a la que había dejado tirada en calle y la tía mendigaba con una guitarra por Madrid. Mi amigo José Luis también era yonqui, al principio parecía normal, te pedía pasta y eso pero parecía normal solo un poco nervioso, pero poco a poco adelgazó y se le puso la cara huesuda y los dientes amarillos hasta que se murió como un puto perro en el váter del bar Curri, pero ese cabrón, ese Teddy, está forrado y podía haber enviado a su mujer a un sanatorio o así, yo lo hubiera hecho por José Luis, aunque cuando le veía me acojonaba, no me gustaba verlo, pero si hubiese tenido la pasta de ese cabrón le habría ayudado. “Pues me cargo al Teddy san bautista ese” le dije a Elena y ella me dijo que ojalá. No soy gilipollas sé que no es fácil cargarse un tío como ese, los hijos de puta siempre están rodeados de hijos de puta como perros con traje, incluso los choferes de esos tíos se convierten en hijos de puta, al principio no lo son, al menos la mayoría, pero se convierten en hijos de puta cuando les compran un traje y les meten al volante de un Mercedes negro. He visto muchos tíos así en la gasolinera, la gasolinera está al lado del aeropuerto y suelen parase a menudo, un día se paró Samuel Etto, el futbolista, llevaba un traje cojonudo muy elegante me dio la mano y sonrió. Llevaba un descapotable rojo y una negrita muy guapa al lado que se pintaba los labios en el retrovisor y que me miro con unos ojos bien grandes que se me han quedado en la cabeza aunque yo no me iría con una tía, lo he pensado alguna vez pero no iría, tengo una suerte de la hostia con Elena y no haría el gilipollas. Bueno, cargarse al cabrón no parecía difícil: Voy a Madrid, me pongo un bigote postizo, gafas así grandes de sol y una gorra y le espero en la puerta de su curro, le corto la garganta de un tajo y me voy corriendo. Yo corro de puta madre, en la escuela ganaba todas las carreras, hasta al puto Amengual que parecía que tenia fuego en el culo le ganaba yo dando caña al final, el tío se rompía el alma cuando sentía mi aliento en el culo, pero yo le sacaba siempre tres o cuatro metros. También sé que cortar la garganta de un tío es muy fácil con un cuchillo bien afilado. Lo he visto en el matadero. Cuando terminé la escuela ayudaba en el matadero limpiando con la manguera y sacando la porquería. A los corderos les cortaban la garganta de un solo tajo. Con un tío aun es más fácil, le agarras la barbilla y antes de que se dé cuenta ya tiene el cuello abierto, joder no hay salvación posible, fijo que el tío no te agarra y la gente de alrededor no entenderá una mierda y cuando reaccionan ya no te pilla ni Dios. Después, pensé, me quito el disfraz, cojo el avión de vuelta y ya está, nadie sabrá nada, nadie sospechará nada nunca. Era un plan de puta madre y a Elena le pareció acojonante, me dijo que si pillábamos un billete barato ella se venía también. Elena no ha estado nunca en Madrid, yo si fui hace dos años con la Peña Merengue a ver un partido contra la Real Sociedad. La Real es un equipo que me cae bien no como el Valencia, al Valencia le tengo manía, me parece un equipo gilipollas, el Barça también me cae mal claro, pero desde que Etto jugó con ellos, pues no sé, como que me caen un poco mejor, en cambio al puto Valencia no lo aguanto, así vestidos de blanco como el Madrid, pero con el puto escudito gilipollas, joder son una copia barata del Madrid y el puto Levante una copia del Barça. Como los bolsos estos que venden los negritos en el mercadillo, pues eso. Elena estaba feliz, joder, decía que iría a La Puerta del Sol y después a La Plaza Mayor y al Museo del Jamón que está al lado y que a una amiga suya le gusto mucho y después a los leones esos de los diputados a hacerse una foto. Estaba todo decidido y yo pensaba que aquello era como ir de viaje de novios… no se…, suena raro y hasta gilipollas, pero estábamos los dos a tope de ganas de ir. Y entonces fue cuando empezó a joderse todo. Elena decidió que el lunes iríamos a la agencia a mirar eso de los billetes, pero el sábado antes yo tenía turno en la gasolinera y a la hora de la merienda agarré el periódico de la oficina para mirar el cupón y vi el careto de mierda de Teddy Batista, el hijo de puta venia a dar una conferencia sobre no se qué de piratas y hostias. Qué asco de careto, con las putas gafas de listillo y los mofletes de cerdo comemierda. Daba rabia coño verlo con su corbata de jefazo y aires de tío forrado, que rabia me dio coño. Al llegar a casa se lo conté a Elena bueno no todo porque cuando se lo contaba llamó Rosita del hospital y nos dijo que Frankie se había caído del balcón encima de un coche aparcado y tenía un brazo roto y una conmoción en la cabeza. Mecagondios que putada pensé, el tío se ha tirado seguro hecho polvo por la movida de las canciones y por Rosita embarazada y sin curro. Fuimos al hospital y el tío estaba inconsciente y Rosita llorando y entonces pensé, yo me lo cargo ya, a ese cabron de Batista, a ese mierda. Entonces, el lunes, apareció la puta casualidad, que se yo, el destino o como se llame. Un bmw negro se paró en la gasolinera a repostar justo delante mí. Yo estaba metiendo la tarjeta de un cliente y oí el ruidito ese, el fuiiiiiiiiiiiii de cuando se abre una ventanilla, le di el resguardo al cliente, me giré y entonces fue cuando le vi, el cabron llevaba gafas oscuras pero era el puto Batista, allí, a mi lado, estaba con una tía súper bien vestida que le hablaba y apuntaba cosas, él ni la miraba coño y contestaba con cara de asco, que cabron, podía oler su aliento podrido joder y entonces me vino aquello a la cabeza, fue muy rápido, lo pensé y ya lo estaba haciendo, cogí la manga del gasoil y se la metí en la boca , le rompí los piños de la hostia, de la fuerza, coño, de la rabia, el gasoil le llenó el estómago, creo que le metí seis o siete litros suficiente para que el tío la palmara allí mismo. La tía que estaba con él gritaba histérica y el chofer salió y me agarro con mucha fuerza y me tiró al suelo, pero cuando solté la manga, a Teddy mierda ya no lo salvaba ni el puto Dios. Me pillaron claro, no podía huir, hace tres meses que estoy aquí. Elena viene a verme cada semana súper bien arreglada, vestida como de boda o así y me trae comida y cosas que me hacen falta. Frankie y Rosita han venido dos veces, parece que las cosas se van arreglando y que no le dan el coñazo eso dice, la última vez Frankie me trajo un cd que había grabado con las canciones que sabe que me gustan y como yo no puedo tener un aparato de música, se lo di al tío que pone la música en el patio. Al tío seguro que le gusta porque ya lo ha puesto dos veces… o tres… a lo mejor son tres.


IL DANTE



BECKETT, EL INCONSOLABLE
Entrevista a Samuel Beckett
por CHARLES JULIET



Llamo al interfón. Me invita a subir. Cuando salgo del ascensor casi me tropiezo con él. Me estaba esperando en el descanso. Entramos en su despacho. Me instalo en un canapé frente a su mesa de trabajo y él se sienta en un taburete, en línea oblicua respecto a mí. Ya ha adoptado la postura habitual en él cuando está sentado sin hacer nada: una pierna enroscada sobre la otra, la barbilla apoyada en la mano, la espalda inclinada, la mirada baja.


El silencio se ha apoderado de nosotros y sé que no va a ser fácil romperlo. Curiosa idea, pensé, interrogar a alguien que no es sino pregunta. Desvía la mirada, pero cuando noto que sus ojos intentan fijarse en los míos soy yo quien los desvía. He aquí que estoy ante un hombre cuya obra tanto me ha aportado y con quien, en mi soledad, he mantenido interminables diálogos. Por todas estas razones lo considero un amigo y tengo que admitir, no sin asombro, que para él sólo soy un desconocido. Durante esta entrevista me va a costar mucho trabajo coordinar esos datos tan agresivamente contrarios.


El silencio es tan denso que se podría cortar con un cuchillo. De pronto recuerdo, no sin aprensión, que Beckett puede estar con alguien —me lo ha comentado Maurice Nadeau— y marcharse una o dos horas después sin haber pronunciado una sola palabra.


Lo observo de reojo. Es serio, sombrío. Tiene las cejas fruncidas. Su mirada es de una intensidad difícil de sostener. Estoy empezando a ponerme nervioso y hago lo posible no ya por hablar, sino por emitir algún sonido. Con voz apenas audible empiezo a explicarle que a los veintidós años intenté leer Molloy y que no entendí nada del libro y ni tan siquiera sospeché su importancia. Que, curiosamente, y sin intención alguna de leerlas, fui adquiriendo las obras que publicó posteriormente. Que en la primavera de 1965, y totalmente por casualidad, recorrí una docena de líneas de Textos para nada . Que no pude soltar el libro y lo devoré con pasión. Que me lancé de inmediato sobre su obra y me quedé profundamente impresionado. Que había leído y releído todas sus obras. Que lo que más me había impresionado fue ese extraño silencio que reina en Textos para nada , un silencio al que sólo se puede acceder en el límite de la más extrema soledad, cuando el ser ha abandonado todo, olvidado todo, y ya no es sino esta escucha que capta la voz que susurra cuando todo calla. Un extraño silencio, sí, que prolonga la desnudez de la palabra. Una palabra sin retórica, sin literatura, jamás perturbada por ese mínimo de invención que necesita para desarrollar lo que tiene que expresar.


—Sí —admite con voz sorda—, cuando uno se escucha, lo que se oye no es literatura.


Sé que durante estos últimos meses ha estado gravemente enfermo. Ésa ha sido precisamente la razón por la que este primer encuentro, que se había fijado para el 3 de mayo, no pudo llevarse a cabo. El día anterior había estado en la inauguración de la exposición de Hayden y por la noche se puso enfermo. La señora Beckett, que me recibió, pronunció la palabra gripe y decidimos no anular el encuentro previsto sino simplemente retrasarlo unos días. Sin embargo estuve esperando en vano una llamada telefónica.


Cuatro meses después supe que había tenido un absceso en el pulmón, y en seguida pensé en si no habría sido una tardía consecuencia de aquel día de preguerra cuando, una noche, en la calle y sin motivo alguno, le apuñaló un mendigo.


Le pregunto por su salud y me habla de ella. Después la conversación gira en torno a la vejez.


—Siempre he deseado tener una vejez tensa, activa... El ser que no deja de arder mientras el cuerpo huye... He pensado muchas veces en Yeats... Escribió sus mejores poemas después de los sesenta...


Como respuesta a mis preguntas me habla de los años extremadamente sombríos que pasó después de que dimitiera de la Universidad de Dublín. Primero vivió en Londres, después en París. Había renunciado a proseguir una carrera universitaria iniciada con brillantez, pero no pensaba en convenirse en escritor. Vivía en una habitación pequeña de un hotel de Montparnasse y se sentía perdido, aplastado, vivía como un guiñapo. Se levantaba a mediodía y sólo tenía fuerzas para arrastrarse hasta el café más próximo y desayunar. No podía hacer nada. Ni siquiera conseguía leer.


—Había aceptado ser un Oblómov... —después añade en voz muy baja, con cansancio—: Estaba mi mujer... Era difícil...


Le hago más preguntas. Pero no recuerda bien. O a lo mejor no quiere recordar aquella época. Me habla del túnel, del crepúsculo mental. Después:


—Siempre he tenido la impresión de que dentro de mí había un ser asesinado. Asesinado antes de mi nacimiento. Tenía que encontrar a ese ser asesinado. Intentar devolverle la vida... Un día fui a escuchar una conferencia de Jung... Habló de una de sus pacientes, una chica jovencísima... Al final, mientras la gente se iba marchando, se quedó callado. Y como hablándose a sí mismo, asombrado por el descubrimiento que estaba haciendo, dijo:


—En el fondo no había nacido nunca.


Siempre he tenido la impresión de que yo tampoco había nacido nunca.


Además, el final de esta conferencia le proporcionó un episodio de Los que caen:


"
Madame Rooney: Recuerdo que asistí a una conferencia que dio uno de esos nuevos especialistas de lo mental, no recuerdo cómo se llaman. Decía...

Monsieur Rooney: ¿Un alienista?

Mme: No, no, simplemente la depresión mental. Esperaba que arrojaría un poco de luz sobre mi vieja obsesión con las nalgas de los caballos.

M: ¿Un veterinario?

Mme: No, no, simplemente el infortunio mental, me acordaré de cómo se dice esta noche. Nos contó la historia de una niña muy rara y muy desgraciada, y cómo, después de haber intentado curarla sin éxito durante años, había tenido que acabar renunciando. No le había encontrado nada anormal, no tenía nada. Lo único que ocurría, según él, es que se estaba muriendo. Así pues, se lavó las manos, y efectivamente murió al poco tiempo.

M: ¿Qué tiene eso de extraordinario?

Mme: No, es sólo una cosa que dijo y su manera de decirlo lo que me ha estado obsesionando posteriormente.

M: Piensas en ello por la noche, en tu cama, retorciéndote cómo un gusano, sin poder cerrar los ojos.

Mme: Pienso en eso y en otros... horrores. (Pausa.) Cuando acabó de hablar de la niña se quedó inclinado un buen rato, por lo menos fueron dos minutos, y bruscamente levantó la cabeza y exclamó, como si acabase de tener una revelación: “¡En realidad, nunca había nacido, eso es lo que ocurría!”. (Pausa.) Habló sin notas de principio a fin. (Pausa.) Yo me marché antes de que acabara."

En 1945, Beckett volvió a Irlanda para visitar a su madre, a la que llevaba sin ver desde que empezó la guerra. Después volvió a visitarla en 1946, y durante esa estancia tuvo la repentina revelación de lo que debía hacer.


—Comprendí que aquello no podía seguir así. Entonces me contó lo que ocurrió aquella noche, en Dublín, al final del muelle, en medio de una fuerte tempestad. Y lo que me dijo es lo mismo que refiere el pasaje de La última cinta [de Krapp]:


"Espiritualmente fue un año negro y pobre a más no poder hasta aquella memorable noche de marzo cuando, al final del muelle, en plena tormenta, no lo olvidaré nunca, todo se me aclaró. Por fin tuve la visión. Lo que vi de pronto era que la creencia que había guiado toda mi vida, a saber... grandes rocas de granito y la espuma que surgía a la luz del faro y el anemómetro que giraba como una hélice..., claro para mí por fin, que la oscuridad que siempre me había ensañado en reprimir es en realidad mi mejor... indestructible asociación hasta el último suspiro de la tempestad y de la noche con la luz del entendimiento y el fuego."


—Había que tirar todos los venenos... (con esta expresión se refiere sin duda a la decencia intelectual, al saber, a las certidumbres que uno mismo se impone, al deseo de dominar la vida...), encontrar el lenguaje apropiado... Cuando escribí la primera frase de Molloy no sabía a dónde me dirigía. Y cuando terminé la primera parte, ignoraba cómo iba a continuar. Todo ha ido viniendo solo. Sin tachar nada. No había preparado nada. No había elaborado nada.


Se levanta, saca de un cajón un cuaderno bastante grueso con la cubierta algo desgastada y me lo da. Es el manuscrito de Esperando a Godot . Es un cuaderno con las hojas cuadriculadas, con papel de la época de la guerra, gris, áspero, de mala calidad. Las únicas páginas escritas son las de la derecha, cubiertas de una escritura difícilmente legible. Lo hojeo con emoción. En la última parte ha escrito también en la izquierda, pero para leer hay que dar la vuelta al cuaderno. Efectivamente, el texto no tiene ningún retoque. Mientras yo intento descifrar algunas réplicas, él musita:


—Todo ocurría entre la mano y la página.


No, no ha leído a los filósofos y pensadores orientales.


—Proponen una salida y yo sentía que no la había. La solución es la muerte.


Le pregunto si escribe, si todavía puede escribir:


—El trabajo anterior prohíbe cualquier continuación de ese trabajo. Por supuesto, puedo escribir textos como los de Têtes-mortes. Pero no quiero. Acabo de tirar a la papelera una obrita de teatro. Cada vez hay que dar un paso adelante.


Largo silencio.


—La escritura me ha llevado al silencio.


Largo silencio.


—Sin embargo tengo que continuar... Estoy frente a un acantilado y tengo que seguir adelante. Es imposible, verdad. Sin embargo, se puede avanzar. Ganar unos cuantos miserables milímetros...


Pero el médico le ha fijado normas estrictas. Es hora de que tome algunas medicinas y se disculpa por tener que interrumpir un momento nuestra entrevista.


En la carta que le escribí para pedirle la entrevista, mencioné que yo conocía a Bram van Velde.


Los une una vieja amistad, pero Bram van Velde vive en Ginebra, nunca escribe y, por tanto, no tienen ningún contacto.


Me pide noticias suyas.


Frente a su mesa de despacho hay un lienzo de Bram van Velde. Como está detrás de mí, me levanto para poder verlo.


Es una composición enigmática, pintada antes de la guerra, en un período de transición.


Yo sé que a Beckett le gusta mucho este cuadro, pero creo poder suponer que al adquirirlo también quería ayudar a un pintor que lo es taba pasando muy mal.


Mientras sigo de pie, echo un vistazo por la ventana y, a la difusa luz gris de este día de finales de otoño, entreveo los tejados y los muros de la prisión de la Santé.


Me habla de Bram van Velde en un tono que me permite adivinar el gran cariño que le tiene.


—Era horroroso —prosigue—, vivía en una miseria espantosa. Vivía solo en su estudio, entre sus lienzos, que no enseñaba a nadie. Acababa de perder a su mujer y estaba tristísimo... Permitió que me acercara un poco. Tuve que encontrar un lenguaje, intentar llegar hasta él.


Luego se interesa por mi persona. Por mi trayectoria.


De nuevo le pregunto sobre su trabajo y su obra.


No, no puede hacerse una idea de la carga energética que contiene. Ni imaginar lo que sus libros pueden representar para quienes los leen.


—Soy como un topo en una topera.


Desde que escribe no lee prácticamente nada, pues considera que ambas actividades son incompatibles.


Piensa que su ensayo sobre Proust es pedante y se opone a que se traduzca al francés.


Si ha escogido esta lengua es porque para él era nueva. Conservaba el perfume de lo extraño. Le permitía escapar a los automatismos inherentes a la utilización de una lengua materna.


Cuando empezó Molloy escribía por la tarde. Pero luego, de noche, no podía conciliar el sueño. Entonces se impuso escribir por la mañana.


Considera que su obra tiene cosas flojas. Declara que no le gustan determinados personajes, que le parece “que no funcionan”.


—Hay algunas cosas flojas necesarias, pero otras no me las perdono.


Le pregunto cómo pasa los días y si todo lo que ha hecho le supone un auxilio real en estos instantes en los que el ser vacila, siente que pierde el equilibrio.


—En esos momentos, la enfermedad me ha ayudado mucho.


Mientras se levanta para coger uno de sus libros y lo coloca sobre la mesa para dedicármelo, dejo que mi mirada se posé largamente sobre él.


Su belleza. Su seriedad. Su concentración. Su sorprendente timidez; La densidad de sus silencios. La intensidad con la que hace existir lo invisible.


Pienso que, si resulta tan impresionante, evidentemente es debido a que se nota que lo es, pero también, y sobre todo, a su absoluta sencillez. Una sencillez de comportamiento, de pensamiento, de expresión. Seguramente, alguien muy diferente. Un hombre superior. Quiero decir: un hombre humilde, sujeto a la intimidad de una permanente pregunta sobre lo fundamental. De pronto, esta evidencia: Beckett, el inconsolable...


En la escalera seguimos hablando un buen rato. Me explica que todavía está muy cansado y se disculpa por no poder invitarme a cenar. Pero nos hemos citado para la primavera siguiente y me asegura que entonces cenaremos juntos.


Me pregunta con interés en qué voy a emplear mi estancia. Le respondo que no tengo ningún proyecto y que si he venido a París es exclusivamente para verlo.


—Pero no, no. No tenía usted que haber venido desde Lyon sólo para verme.


(24 de octubre de 1968)

***


Volvemos a vernos en la Closerie des Lilas. De nuevo su seriedad, su concentración, su ensimismamiento. Su belleza. Profundas arrugas en la base de la nariz. Tiene el pelo abundante, corto, mal peinado. Un rostro modelado, hundido, espiritualizado, por el sufrimiento y la tensión interior. Y, sin embargo, desprende juventud y vitalidad. Cada vez que lo veo, lo que más me sorprende es esa tan singular mezcla de silencio, de calma, de suavidad, de pasividad, de asentimiento, de vulnerabilidad y de lo que generalmente pasa por lo contrario: una energía, una fuerza que se siente que son excepcionales, visibles en esa mirada de águila que verdaderamente impresiona.


Ya se ha hecho el silencio y no sé cómo empezar el diálogo.


Acaban de darme un ejemplar de la monografía que la galería Maeght dedica a Bram van Velde. Le pregunto si desearía hojearla. La coge. La recorre mirando con mucha atención las reproducciones; leyendo tres o cuatro veces algunas páginas del texto.


Hablamos durante mucho tiempo de Bram y me hace varias preguntas.


Después yo le pregunto por su trabajo.


—Siempre tengo algo entre manos. Puede ser largo, pero se va reduciendo cada vez más.


Cada vez le gusta menos lo que escribe.


Le pregunto si ha tenido dificultades para acceder al no querer, al no poder.


—Sí, hasta 1946 intenté saber para estar en condiciones de poder. Pero luego me di cuenta de que me equivocaba de camino. Posiblemente, no haya sino caminos equivocados. Sin embargo hay que encontrar el camino equivocado que te conviene.


—¿Ha leído usted a los místicos?


—Sí, cuando era joven. Pero no he profundizado en ellos.


Y con tono abrumado:


—La verdad es que nunca he profundizado en nada.


Le oculto mi asombro. Un largo silencio.


Prosigo:


—En las obras de los místicos se pueden encontrar decenas y decenas de frases comparables a algunas de las que ha escrito usted mismo. ¿No cree que si se deja de lado la cuestión de las creencias religiosas se pueden encontrar numerosos puntos en común entre ellos y usted?


—Sí... Posiblemente ha habido a veces una misma manera de experimentar lo ininteligible.


Sigo hablándole de Bernardo de Claraval. Le digo que he encontrado en su obra pasajes que tienen el ritmo, el aliento, lo cortante de las mejores páginas de El innombrable .


Se ríe abiertamente y me para asegurándome que tiene muchas cosas contra él.


Sé a lo que se refiere y nos reímos juntos.


Volvemos a su obra. Reconoce que ha ido alejándose cada vez más de sus textos.


—Al final, ya no se sabe quién habla. Hay una desaparición absoluta del sujeto. A eso es a lo que conduce la crisis de identidad.


Considera que el artista está obligado a desaparecer como individuo ante lo que hace.


Vuelvo a sus Textos para nada . Cito algunos fragmentos... “Esa nada que abunda...”. Sonríe.


Me habla de Joyce, de Proust, de que ambos pretendían crear una totalidad y transmitirla en su infinita riqueza. No hay más que examinar, observa, sus manuscritos o las pruebas que han corregido. Nunca acababan de añadir y de volver a añadir. Él actúa de otra manera, hacia la nada, comprimiendo sus textos cada vez más.


Le hablo de la “pobreza” de su universo, tanto en lo que respecta a la lengua como en lo que respecta a los medios utilizados: pocos personajes, pocas peripecias, pocos problemas abordados, y sin embargo todo lo que importa está dicho, y con qué vigor, con cuánta singularidad.


Admite sonriendo que, en alguna parte, ambas maneras deberán encontrarse.


—A menudo —continúo diciendo— me he preguntado cómo ha sido posible que no haya usted muerto de vergüenza.


Me va a responder, pero cambia de parecer. Como antes, se queda totalmente ensimismado, y entonces parece que ya no hay nada vivo en él. La mirada increíblemente intensa, fija y ciega, el rostro y el cuerpo petrificados...


Al cabo de un largo silencio de varios minutos, reaparece.


Otro largo silencio. Pero creo que debo proseguir. Le digo que estoy asombradísimo de que haya podido subsistir en él la fe en la escritura y en la comunicación.


También a él le asombra. Habla de misterio.


Me refiero a la universalidad de su obra. Al hecho de que miles de personas del mundo entero hayan podido descubrir, leyéndole, lo que hay en lo más recóndito de su ser y de lo que no tenían conciencia.


Baja la cabeza.


—Ése también es otro misterio.


Continúa hablando pero no oigo algunas de sus palabras pronunciadas en voz demasiado baja...


Luego X... nos interrumpe..., es un escritor-editor que quiere que Beckett firme algo.


Cuando X... se retira, después de haber importunado a Beckett con su molesta insistencia, me doy cuenta de que nuestra entrevista ha terminado.


Se produce un silencio de cuatro o cinco minutos y espero a que dé la señal de partida.


Pero es él quien me hace preguntas sobre mi persona y mi trabajo.


En diciembre se marchará a Marruecos para no estar en París durante las fiestas.


Le hablo de Irlanda. En 1968 tuvo que ir a Irlanda durante cinco días a un funeral, pero ya no va a volver. ¿Qué piensa de esa guerra? No le interesa. Pero después de unos instantes se refiere a ella con cierta vehemencia. Me cita esta frase de Mitterrand:


“El fanatismo es la estupidez”.


—Allí, no hay dos fanatismos, sino tres, cuatro, cinco, que a su vez están desgarrados por otros fánatismos.


Me explica por qué se obstinan en mantener con vida a Franco hasta el 25 [sic] de noviembre. Ese día será un franquista el que pueda nombrar al jefe de gobierno, mientras que si muere antes sería alguien del otro lado.


—Ni a Goya se le ocurrió algo parecido.


Sigue yendo a su casa de campo, donde se queda solo durante dos o tres semanas seguidas. Escribe por la mañana y por la tarde hace algunas chapuzas, o bien pasea por su prado o, si no, va en coche a visitar lugares más aislados por donde pasear.


—¿No se siente usted solo?


Hace un gesto de asombro.


—No, no, en absoluto. Al contrario. Pero cuando era más joven no hubiera podido hacerlo.


Me habla con fervor del silencio. Del placer de poder seguir el curso del sol desde que se levanta hasta que se pone.


Como un eco de lo que le ha dicho X... hace unos momentos, me habla del afán por el éxito literario. Recuerda a Van Gogh...


—Cuando uno piensa en que no vendió ni un solo cuadro...

(14 de noviembre de 1975)